Diarios de Portugal: Día 1




Hemos llegado a nuestro destino, Porto nos recibe con un cielo nublado y un esplendoroso clima húmedo. Frente a nuestro hotel se encuentra una iglesia vestida de azul. El tranvía nos transporta a otra época por sus evidentes años, pasa justo frente a nosotros al salir del hotel.


Emprendemos nuestro camino a explorar esta maravillosa ciudad que no esconde las crisis y momentos duros por los cuales ha pasado, en su lugar lo lleva con orgullo y dignidad, invita a entender su historia, se siente un calor en la gente que no es común en todos lados.



Al llegar al mercado recorremos sus pasillos cubiertos por toldos para protegerse de la lluvia, los comerciantes ofrecen sus distintos productos, flores, frutas, quesos artesanales, huevos de granja, gallinas en sus jaulas, textiles bordados, entre otras maravillas más, una escena digna de película, al finalizar nuestro recorrido nos encontramos con un particular señor tocando un instrumento musical mecánico, emite un sonido similar al de un acordeón, junto a él se encuentra su hijo, una gallina con un plumaje frondoso y un pequeño tablero de ajedrez.




Continuamos nuestra visita pasando frente a la monumental Câmara Municipal do Porto, documentando cada segundo con nuestras cámaras y celulares, turnándonos para hacer la foto y salir en parejas, en grupo y en solitario, una imagen no es suficiente, así hasta llegar a nuestra reservación al restaurante Cervejaria Brasao, conocido por sus tradicionales Francesinhas, el menú no es muy extenso pero todo luce espectacular, nos traen una alcaparras que parecen aceitunas por su gran tamaño para picar mientras ordenamos bebemos una cerveza Super Bock en tarro de gres, pedimos al centro una cebola frita con maionese de alho negro y un especie de tarta de bacalao, de plato fuerte una Francesinha, un sándwich, con jamón, carne, embutidos y queso, servido como si fuera tu última ración en la vida y un huevo estrellado encima, bañado de una salsa a base de tomate, de guarnición una batata frita.



Para digerir nuestro festín continuamos caminando hasta llegar la Livraia Lello, aquella que usó JK Rowling como inspiración para Harry Potter, una parada “obligatoria”, el espacio y todos los alrededores parecen sacados de un libro, se entiende el porqué la autora eligió este mágico lugar como inspiración.



Al continuar caminando fuimos capturados por los vientos y la lluvia que nos titiritaron hasta encontrar un lugar donde protegernos, después de un rato y recorrer una tienda de curiosidades, continuamos cuesta abajo hacia nuestro destino hasta topar con el Rio Douro y cruzar caminando bajo la lluvia por el Puente Don Luis a Vila Nova de Gaia para visitar una cava de la bebida local Vinho do Porto y hacer una cata.


Los callejones aluden a la presencia de esta bebida, barcas con antiguas para transportarlo, barriles por todos lados, anfitriones de los viñedos invitándote a conocer su marca, la decisión no es sencilla, finalmente concordamos que el lugar adecuado era aquel que nos inspirara más y menos saturada estuviera, la bodega Quevedo.


Recorrimos la cava y aprendimos que los barriles tienen un ciclo de vida y este inicia pasando por el whisky, por el oporto hasta llegar al tequila. Brindamos con tres envejecimientos de oporto, 10, 20 y 30 años.


Después de un par de copas caminamos de regreso al hotel, nuestro apetito se hizo presente y entre unos callejones dimos con un lugar con espacio para recibirnos, a primera vista todo se veía muy sencillo, quizás una trampa para turistas desubicados sin reserva para cenar, concordamos que podíamos picar algo y si no nos gustaba podíamos buscar otra opción, pero al ver el menú, los platillos de los otros comensales, no hubo duda ni necesidad de hablarlo, nos quedamos, pedimos un pulpo, nos conmovió a todos por su exquisito sabor y brindamos con un tarro de Super Bock por este gran día.